
Por: Abraham Martín Franco (Alumno en prácticas del CFGS Promoción Igualdad de Género)
En las últimas semanas, el nombre de Karla Sofía Gascón ha inundado las redes sociales, televisiones y periódicos, no por sus logros (ser la primera mujer abiertamente trans en ser nominada a un premio Óscar a mejor actriz) o su trayectoria, sino por convertirse en el blanco de una polémica que, al observar detenidamente, deja entrever profundas raíces de transfobia y un doble rasero que debemos analizar.
Karla Sofía, una actriz y escritora que ha luchado por visibilizar la experiencia trans en una sociedad que todavía carga con prejuicios arraigados, fue «cancelada» tras emitir ciertos comentarios (deleznables, eso sí) en sus redes sociales. Si bien es válido criticar opiniones que puedan ser problemáticas o hirientes, el tratamiento que se le dio a este caso refleja un sesgo que no podemos ignorar.
Cuando una persona trans es el foco de críticas, el peso de la condena suele ser desproporcionado. En el caso de Karla Sofía, no solo se discutieron sus declaraciones, sino que se deslegitimó su identidad y se utilizaron insultos transfóbicos como arma para desacreditarla. Es común ver cómo el debate abandona rápidamente el terreno de las ideas y se convierte en un ataque personal, utilizando su identidad de género como un punto débil, algo que rara vez sucede con figuras públicas cisgénero.
Este fenómeno pone de manifiesto el doble rasero con el son juzgadas las personas trans. Mientras que las figuras cisgénero suelen recibir segundas oportunidades, explicaciones indulgentes o incluso el beneficio de la duda, las personas trans enfrentan un escrutinio implacable. En el caso de la actriz, los ataques no se limitaron a su discurso, sino que incluyeron cuestionamientos sobre su valor como persona y su lugar en la sociedad.
Este trato diferenciado no es casualidad. La transfobia sigue permeando muchas capas de nuestra cultura y, en casos como este, se utiliza como una forma de reafirmar prejuicios sociales. Se exige a las personas trans que sean perfectas representantes de su comunidad, como si sus errores individuales fueran un reflejo colectivo. Este estándar inalcanzable no solo es injusto, sino deshumanizante.
Por otro lado, es fundamental reflexionar sobre el concepto de «cancelación» en sí mismo. La cancelación, en teoría, debería ser una herramienta de rendición de cuentas, una forma de señalar conductas dañinas para que sean reparadas. Sin embargo, con demasiada frecuencia se convierte en un linchamiento virtual que no deja espacio para la redención ni el aprendizaje. Cuando este mecanismo se aplica a personas trans, la violencia simbólica se multiplica, porque no solo se les castiga por sus palabras o acciones, sino también por su existencia misma.
El caso de Karla Sofía Gascón nos invita a replantearnos nuestras prácticas como sociedad. ¿Estamos dispuestos a enfrentar nuestras propias actitudes discriminatorias cuando se trata de evaluar a una persona trans? ¿Por qué seguimos permitiendo que el odio y los prejuicios se filtren en los discursos públicos bajo la apariencia de «críticas legítimas»?
La reflexión no solo es necesaria, sino urgente. Si realmente aspiramos a construir una sociedad inclusiva, debemos abandonar el doble rasero y reconocer la humanidad de las personas trans, con sus aciertos y sus errores. Y, sobre todo, debemos erradicar la transfobia de nuestras narrativas, tanto en el ámbito digital como en el cotidiano. Porque sí, los tweets de Karla son más que criticables, pero que su señalamiento sea por ello y no por el mero hecho de ser una mujer transexual.